Tunez: entre incidentes, controles y balance
Empezamos el último día con un desayuno generosísimo: huevos fritos y una variedad increíble de platos. Los anfitriones insistieron en que repitiéramos, pero era imposible acabárselo todo. Estábamos listos para el último empujón.
El «toque» del taxista en Plaza de la Victoria
Teníamos el coche bien aparcado y valoramos ir al centro en taxi, pero decidimos ir conduciendo hasta la Avenida Habib Bourguiba (donde está el cartel de «I Love Tunis») para ver la catedral.


Al llegar a la Plaza de la Victoria, la conducción impulsiva de la capital nos jugó otra mala pasada: tal como nos ocurrió anteriormente con la policía, un taxista nos dio un golpe por detrás. Hicimos fotos de rigor, pero tuvimos la «suerte» de que el coche ya tenía algunas marcas previas en esa zona exacta cuando nos lo entregaron, por lo que la nueva rascada quedó disimulada entre las anteriores.

La «Casuística del Cepo» y el adiós a la capital
Ante la imposibilidad de aparcar sin riesgo de multa inmediata, resultó que en toda la calle estaba prohibido detenerse, a pesar de estar todo lleno de coches, nos repartimos: uno iba a visitar la Catedral de San Vicente de Paúl mientras el otro vigilaba el coche. Y así fuimos testigos de cómo ponían la pinza de inmovilización del vehículo a cada coche cuyo propietario se alejaba tan solo unos metros. Ante este estrés de tráfico y estas “trampas” recaudatorias, decidimos dar por terminada la visita e ir directamente al aeropuerto al mediodía, aunque el vuelo de Nouvelair no salía hasta casi las 19:00 h.
Gestiones de alquiler y el «bollito»
Cuando en la devolución, revisaron el coche, salió a relucir el «bollito» que hicimos nosotros mismos al colocar mal el gato para cambiar la rueda. Fueron amables y, gracias al seguro extra que nos recomendaron contratar al principio, lo tramitaron como una rascada.
No me fui de la oficina hasta que, tras mucho insistir y esperar más de dos horas, me confirmaron que la rueda de repuesto estaba correcta y me devolvieron el depósito en la tarjeta.
Controles de seguridad y las rosas del desierto
Intentamos hacer el check-in online pero fue imposible con Nouvelair. Al llegar, descubrimos que en Túnez no se permite acceder a la zona de embarque hasta 3 horas antes del vuelo, por lo que de nada sirve madrugar.
En el control de seguridad, tuvimos un momento agridulce. Al reajustar el equipaje con los dátiles y los recuerdos debido al peso extra que llevábamos, cometimos el error de dejar los minerales y las Rosas del Desierto en el equipaje de mano, ya que así nos lo dijeron en la cinta de facturación. La policía nos los confiscó alegando que no están permitidos en cabina (deberían haber ido facturados). Nos dio mucha pena porque eran una ilusión del viaje.
A pesar de ese último mal trago, el vuelo salió más o menos puntual hacia Barcelona. Al llegar, tuvimos que esperar por las maletas —algo que no solemos hacer— pero para nuestra sorpresa salieron rápido y en perfectas condiciones.

Balance de Túnez: una aventura auténtica y sorprendente
Ahora que ya estoy en casa, echo la vista atrás y me doy cuenta de que Túnez ha sido un viaje mucho más fluido y especial de lo que imaginaba. Aunque el último día en la capital fue un poco más caótico, el balance de estos diez días es increíblemente positivo; ha sido un descubrimiento constante.
Me quedo con esa sensación de que, durante casi todo el recorrido, todo fue rodado. Incluso los momentos que podrían parecer «complicados», como los 200 km que hicimos con escolta policial, terminaron siendo anécdotas fascinantes que nos hicieron sentir que estábamos viviendo el país de una forma única y segura. La hospitalidad tunecina es de otro planeta: me llevo grabada la amabilidad de la gente y esos desayunos espectaculares donde el «no puedo más» no existía para nuestros anfitriones.
Es cierto que el coche nos dio algún que otro susto final y que la capital nos regaló un cierre un poco intenso con el tráfico y los cepos, pero supimos manejarnos con soltura, solucionamos los pequeños imprevistos y aprendimos que, en Túnez, la improvisación es parte del encanto.
Me da pena haber dejado las rosas del desierto en el control del aeropuerto, pero me traigo la maleta llena de dátiles y el corazón lleno de paisajes increíbles. Ha sido un viaje de contrastes, de callejuelas estrechas, de historia viva con esos mosaicos que se llevan la palma, y de rincones inexplorados. Túnez ha sido una sorpresa constante y volveríamos a repetir la experiencia mañana mismo. ¡Una aventura de las que de verdad merecen la pena!